Adolfo Lahoza

Parar la vida en una copa de vino

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­     ¿Cómo se para la vida? Cuando uno llega a plantearse esa pregunta sabe que la velocidad que ha cogido su rutina diaria empieza a no ser aconsejable. Personalmente desconozco el momento en el que todo se aceleró demasiado. Tampoco sé exactamente los motivos. Uno busca razones: «resulta difícil escapar de las inercias de esta sociedad, la exigencia laboral te absorbe, existe mucha competencia profesional, quizás me he centrado en conseguir aspiraciones personales confundidas, la crianza y la educación de los hijos monopoliza todo mi tiempo, hay que pagar la hipoteca...». Posiblemente parte de alguna de las enumeradas, y otras más, existieron en mi caso. Sin embargo, no fue hasta que me di cuenta que, al final, todas sonaban a excusas, aunque no tuvieran esa intención, que no empecé a gestionar esa situación. Eso, y que el propio cuerpo respondió en forma de ansiedad, sensación desconocida hasta ese momento y que, hasta que la identifiqué, la percibí con sorpresa, disgusto y bastante miedo.

­     No resultó fácil dar con el verdadero diagnóstico. Tampoco puedo explicar bien cómo conseguí averiguarlo. Sí sé que cuando identifiqué el motivo afloraron las primeras soluciones: debía parar. Pero insisto, ¿cómo se para la vida? No lo sé. Entiendo que para cada uno habrá soluciones diferentes. A mí me dio por realizar cosas que nunca había practicado. Entre las muchas de las actividades que probé, y supongo que esto es un clásico, decidí que sería buena idea aprender a catar un vino. La fortuna quiso que ahí empezara a ver la luz.

­   Las primeras claves que recibí resultaron definitivas. Existen tres fases fundamentales para poder analizar bien un vino. La observación permite captar los estímulos a través de los sentidos involucrados: diferentes colores, aromas, gustos e, incluso, sensaciones táctiles. La comparación se realiza de acuerdo a las diferentes experiencias que se recuerdan en torno a todos estos estímulos. Finalmente, el juicio consiste en describir, con términos adecuados, el vino que estás disfrutando. Quedé fascinado por la segunda: en una copa de vino se pueden recordar todas las experiencias sensoriales que uno almacena y ha almacenado a lo largo de la vida.

­    La búsqueda de recuerdos, recientes o lejanos, de colores, olores y sabores en cada copa de vino se tornó en pasión. A partir de entonces el rito de abrir una botella de vino, verter en la copa la justa medida del mismo y beberlo con esa nueva motivación se convirtió en el oasis vital de cada sábado y de cada domingo del fin de semana a la hora del vermú y de la comida. Pero significó algo más. En ese momento se paraba el tiempo, o más bien el concepto de tiempo se diluía. Solo existían colores, olores, sabores que para reconocerlos había que tener paciencia, hacerlo despacio, prestando toda la atención a ese momento. Todo ello me reconfortaba.

­     Al principio, solo percibía eso, que el gusto por disfrutar una copa de vino bajo estos nuevos parámetros que había aprendido me ayudaba a estar mejor. Pero esta forma de abordar mi nueva afición, sin prisa, sin agenda, sin control del tiempo, la empecé a aplicar, casi sin darme cuenta, a otras actividades que siempre habían formado parte de mis intereses y que, poco a poco, o habían perdido protagonismo o, directamente, habían desaparecido. Retomé la lectura de poesía (por qué había dejado de hacerlo cuando era una de las cosas que más me gustaban), le dediqué el tiempo necesario al análisis de música, empecé a escuchar en las conversaciones con mi mujer o con los amigos, pasear volvió a ser algo agradable, recuperé el placer de cocinar y de comer nuevos y antiguos platos, quise otra vez escribir, quise otra vez hacer música.

­     Hoy las preocupaciones de entonces no han desaparecido, uno no puede asilarse del mundo en el que vive. Pero sí gestiono mejor todo ello, con una adaptación al entorno más adecuada, con más asideros, y en aras de conseguir el mejor bienestar posible, propio y de los que me rodean. Y todo porque aprendí a parar la vida en una copa de vino.

© La Cuba de Baco

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